relato negro

Relatos olvidados (Vol. 6). Especial de Navidad

Ya estamos aquí otra vez. La elipse vuelve al origen y el portal para la transición numérica abre su paso. Procedemos a traspasarlo —a no ser, claro está,  que una uva se nos atragante o la detonación de un petardo nos haga tomar el otro camino en la bifurcación—.

En cualquier caso no hay uva ni mamarracho pirotécnico que pueda evitar que el ciclo orbital se complete poniendo el punto y seguido —punto y final en los casos alternativos antes mencionados— a nuestra historia. Para despedir este capítulo de doce meses y, a falta de nuevos relatos —que llegarán—, recuperamos un entrañable cuento navideño al más puro estilo de La caricia del gato negro. La mosca muere sola.

O no.

Aunque el tono habitual de esta bitácora nos ponga difícil aquello de transmitir buenos augurios, La caricia del gato negro os desea un grato cambio de dígitos, libre de uvas malintencionadas y de genocidas en potencia con olor a fuegos de artificio.

Urte berri on!

Feliz 2020.

¡¡¡Groenlandia!!!

Firmado: El gato negro y su fiel servidor.

 

La mosca muere sola 1La mosca muere sola

El débil sol de invierno se ha escondido tras la colina y, desde la ventana, alguien observa los copos blancos, iluminados por los primeros destellos intermitentes de las farolas. Mira hacia la estrecha vía de hormigón que lleva a la casa y en cuya linde la hierba luce tupida excepto en la superficie donde descansa su furgoneta. Detrás de esta, en un área de similares medidas, las briznas están empezando a crecer.

Mira la televisión y un anuncio publicitario le recuerda —como si pudiera olvidarlo— que es Navidad. Piensa en lo rápido que… (seguir leyendo)

La mosca muere sola

La mosca muere sola 1El débil sol de invierno se ha escondido tras la colina y, desde la ventana, alguien observa los copos blancos, iluminados por los primeros destellos intermitentes de las farolas. Mira hacia la estrecha vía de hormigón que lleva a la casa y en cuya linde la hierba luce tupida excepto en la superficie donde descansa su furgoneta. Detrás de esta, en un área de similares medidas, las briznas están empezando a crecer.

Mira la televisión y un anuncio publicitario le recuerda —como si pudiera olvidarlo— que es Navidad. Piensa en lo rápido que crece la hierba mientras juguetea con la mano en el bolsillo de la bata.

Estira el brazo tratando de cambiar de canal, golpea el mando pero el aparato no responde. Ningún niño con jersey de lana decorado con cohetes espaciales se ofrece voluntario para acercarse a los botones del televisor. Se rinde, está dispuesto a soportar los minutos comerciales antes de que continúe la película. Siempre le ha enternecido la insistencia del personaje de James Stewart en anteponer las necesidades de los demás a sus propios deseos.

Está a punto de precipitarse en la acogedora oscuridad cuando siente una leve caricia recorriéndole la boca. No es el roce familiar y sensual de esa persona capaz de perdonar tus pecados y transformar la penitencia en éxtasis. Se trata más bien de un toque frío y extraño (más…)