cuento

Relatos olvidados (Vol. 5)

Llegamos a la quinta entrega de los relatos abisales de La caricia del gato negro. Dos historias publicadas hace tiempo y ocultas bajo varios clics en el botón “entradas antiguas”. Hoy toca buscar las grietas a dos sacrosantas instituciones: los amigos y la madre.

 

Para bien o para mal

Para bien o para mal

Siete tenedores solitarios y siete cucharas acompañadas por otros tantos cuchillos. Todos convenientemente distribuidos. La mesa ya está preparada. Copas de vino y de agua vacías. Varias botellas del mejor Ribera del Duero que he podido encontrar además de un Marqués de Riscal verdejo, afrutado, perfecto para el marisco recién cocido, despedazado y servido.

He invitado a cenar a mis mejores amigos, los de siempre. Sin parejas, sin hijos, sólo ellos y yo. He escogido el menú tratando de agradar a todos. He cocinado unas zamburiñas. Sí, Iván las odia, pero para compensar le he preparado unas croquetas de jamón y boletus.

Siempre han estado conmigo, así son los amigos, para bien o para mal… (seguir leyendo)

 

 

marco_amedio

Adiós mamá

Al despertar, el olor dulzón a ron mezclado con tabaco le anuncia que ella está cerca. Simula estar dormido, pero no puede engañarla: es su madre.

—Hola rata —Así es como le gusta llamar a su hijo.

Se incorpora. Ella está sentada en la mecedora junto a la cama. Con suaves movimientos bajo las frazadas se va alejando de ella, acercándose poco a poco al borde opuesto. Busca separarse a más de un brazo de distancia. Ella lo sabe.

—Te vas a caer, ven con tu mami… (seguir leyendo)

El último relato – (Relatos ALEABILBAO 2016-2017)

el ultimo relato2No me gusta la gente. Ni una sola persona. No os imagináis la impotencia que provoca un sentimiento tan inabarcable. Supongamos, por ejemplo, que decidiera hacer algo al respecto. Podría, qué sé yo, enrolarme en el ejército. De este modo, aunque tendría el privilegio de eliminar gente de manera legal y sin tener que enfrentarme a engorros judiciales, me encontraría con la terrible contradicción de que mis compañeros también serían “gente”. Igual de despreciables que el enemigo y con los que me vería obligado a mostrar camaradería. No podría soportarlo.

No es fácil odiar a la gente y querer hacer algo al respecto.

Seamos realistas: ¿cuál es la probabilidad de que, a lo largo de mi vida, vaya a tener al alcance de la mano el botón rojo? Bastante inferior a una entre 7400 millones.

Es duro aceptar la imposibilidad de acabar con todos. Salvo milagros —el último se remonta al 1939 y no fue suficiente—, siempre habrá gente. Y nunca me gustará.

Asimilada la verdad tras una profunda reflexión que llevé a cabo hace ya cinco años; conocedor desde entonces de mis propias limitaciones, me propuse un enfoque constructivo.

Como en ese chiste sobre el maestro del East End londinense, decidí ir por partes. Indagué en las profundidades de mí odio priorizando motivaciones: ordené a la gente según el nivel de animadversión que me provocaba. Por supuesto tuve que centrarme en colectivos, de este modo podría enfrentarme (más…)

El viejo R5

R5_1Observa a través de los cristales de la oficina que tiñen la ciudad de un verde cambiante. Hace rato que el tono musgoso del atardecer ha cedido el paso a uno más oscuro. En la enorme zona de aparcamientos apenas media docena de coches soportan los primeros impactos de una repentina granizada. Le queda mucho por hacer antes de volver a casa, pero no puede evitar detenerse unos instantes en el viejo R5. Lleno de achaques y obcecado siempre en una terca negativa a recorrer el camino hacia el desguace.

Recuerda aquella mañana de sábado. Jugaba con su hermano pequeño sin reparar en el insistente claxon que sonaba fuera de la casa. De repente notó algo familiar en la cadencia de aquel ruido de fondo. Repetía el mismo patrón una y otra vez: Pi, pipipipi, pi, pi. Era la contraseña que utilizaban para saber quién llamaba al timbre o al portero automático. Para ellos se trataba de un juego más, aunque este ocultaba otro significado: aquel no era un barrio fácil. Se asomó a la ventana y vio a sus padres saludando con la mano junto al coche nuevo, el primero y último que tuvieron, pero ella apenas reparó en el auto, tenía la mirada fija en su padre: no recordaba haberle visto sonreír nunca de un modo tan libre del matiz de la amargura. El vehículo trajo algunas comodidades y una alegría efímera que no cambió el estado de las cosas. Aquella sonrisa plena no tuvo continuidad, quedando como una instantánea fija en la memoria de lo extraordinario. Él siguió trabajando de sol a sol, casi hasta el último aliento, en esa fábrica cuya atmósfera fue deteriorando su ánimo y unos pulmones ya debilitados por la media cajetilla diaria de Ducados. Nada de cenas fuera, estadios de fútbol ni escapadas de hotel. Sin viajes en vacaciones más allá de unos días en la vieja casa familiar después de un largo periplo de ventanillas abiertas al tibio aire de agosto, jugando a las matriculas, pares o impares, y a las caras de los coches: según la distribución y  forma de los focos y la matrícula, unos parecían enfadados, otros reían y algunos lloraban.

Vuelve a centrarse en su tarea, no quiere que se le escape ni un detalle, está cansada de encadenar contratos en prácticas. El R5 aguanta la violencia creciente del granizo con el estoicismo y la dureza de siempre. Dicen que los perros se parecen a sus dueños. Nunca estuvo de acuerdo con esa afirmación. Sin embargo no le tiembla la imaginación al percibir la similitud entre la cara del viejo coche y la mirada, que hasta para reir pedía permiso, de su padre. La misma con la que, ya en el hospital, le dijo: “qué lástima, si hubiese tenido una vida más cómoda, de haber descansado en garaje, seguro que hubiese aguantado hasta que tuvieses edad para conducirlo, pero tal y como está…”.

 

Andoni Abenójar