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LA CARICIA DEL GATO NEGRO. AÑO IV: EL HUNDIMIENTO

Bruno1

La decadencia llega a todo imperio. Después de tres años de triunfos y gloria en los que La caricia del gato negro conquistó gran parte del mundo —China incluida—, ha llegado el año de la caída. Por motivos que quedarán explicados en un vídeo que nos ha enviado uno de nuestros mayores seguidores, y que podréis ver a continuación, a lo largo del cuarto año de existencia de esta bitácora que tanta altura alcanzó, las publicaciones han brillado por su ausencia. De este modo, los avances de conquista se han visto mermados hasta un punto impropio para este blog. No hemos cedido terreno, pero apenas hemos materializado unas pocas conquistas nuevas tales como Azerbaiyán, Filipinas, Malasia, Luxemburgo. Muy exótico, sí, pero no son puntos estratégicos para nuestro avance. La única y honrosa excepción ha sido nuestra llegada a Arabia Saudí. Mucho petróleo, pero yo no veo en esta anecdótica conquista nada más que una alegoría llena de sorna. El petróleo que ahora nos sale por las orejas representa toda esa tinta que no hemos utilizado para crear nuevas historias a lo largo de este último año. De seguir así, nunca lograremos la consecución de ese objetivo final, esa guinda del pastel que representaría la llegada a Groenlandia y su posterior conquista. Y Mongolia, claro.

A continuación podéis ver el vídeo en el que nuestro fiel seguidor muestra su opinión ante la situación vivida durante este año en La caricia del gato negro:

 

Al Führer lo que es del Führer. Y a Bruno Ganz (más…)

Relatos olvidados (Vol. 4)

Llegamos al cuarto fascículo de los relatos olvidados —bajo líneas y líneas de scroll— en el mar de entradas de La caricia del gato negro. Hoy he decidido saltarme el orden cronológico y rescatar, para quienes no los hayáis leído y para quienes queráis repetir, dos relatos navideños. Bueno, no exactamente navideños, pero sí invernales. Al menos el primero de ellos, en el que nieva mucho. por dentro y por fuera, sobre la desprotección y desnudez de la incógnita existencial. El segundo trata la Navidad de un modo tangencial, jugando al paralelismo entre el personaje principal del propio relato y el protagonista de un clásico del cine ambientado en estas fechas que se nos echan encima. Sentaos junto a vuestra chimenea de piedra o en el sillón de vuestro piso de 40 metros cuadrados, envueltos en muchas mantas para ahorrar en radiadores y estufas, y leed primero la historia del invierno de Amadeo y su frío que da calor. Y después el relato de Hugo y las nefastas consecuencias de la aplicación de la filosofía de moda que basa su ideario en la máxima “no te quejes que por lo menos tienes trabajo”.

 

La pregunta

Los copos blancos bailaban en un descenso caótico. Amadeo había presenciado innumerables veces esa estampa desde la ventana del dormitorio de su pazo de Cotobade. Antes, a pesar de augurar meses difíciles, la llegada de las primeras nieves era siempre ocasión para el regocijo compartido y, también, motivo de chanzas y juegos de palabras destinados a su mujer. “El frío que da calor”, decía ella, restando importancia a las bromas mientras observaba maravillada a través de la ventana.

Ocho años atrás sus hijos habían reconvertido el primer piso de la casa en un hotel rural. Aunque añoraba… (seguir leyendo)

 

Una buena persona

Hugo se tragó  con desgana la lasaña precocinada. Después recogió la mesita de la sala mientras pensaba en la conversación que había tenido con su jefe antes de salir del trabajo:

—Mañana a la tarde llega mi suegra, yo tengo una reunión, así que tendrás que ir tú a recogerla al aeropuerto. No te olvides de cubrir los asientos del coche, vendrá con los dálmatas.

—Claro señor Antúnez, yo me ocupo —contradiciendo a sus amables palabras, las manos Hugo eran puños dentro de los bolsillos del pantalón.

Limpió la vajilla acumulada durante varios días. Recordó lo diferentes que eran los fregados cuando vivía con Mónica. Era… (seguir leyendo)