Autor: Andoni Abenójar

Nunca había tenido claro qué hacer con mi vida, sin embargo, aunque todavía no era consciente, en el retrete, se estaba generando algo más que simple biomasa.

Relatos olvidados (Vol. 1)

Una selección, por entregas, de los primeros relatos de La Caricia del Gato Negro. Historias que, debido a las pocas interacciones de los inicios, no tuvieron el eco de las posteriores y que muchas de las personas que siguen el blog no han tenido la oportunidad de leer.

 

 

Feo 5 FEO

Juan Diego Murillo era muy feo. Entre mil personas habituadas a mostrar corrección, ni una sola sería capaz de decir «no es para tanto». Su cara, abstracta y asimétrica, ni siquiera se asemejaba a un rostro humano. En la mitad derecha, unas olas de piel colgante se empeñaban en arrastrar hacia abajo cualquier signo de normalidad. Apenas podía cerrar del todo aquellos sufridos párpados que parecían cargar con toda su frustración. La parte izquierda era otra historia: los rasgos, algo más normales, contrastaban de tal manera con los del lado opuesto que el resultado de la combinación de ambos era grotesco… (Seguir leyendo)

 

 

 

Pelusas azules PELUSAS AZULES

Las noches de domingo solíamos ponernos una película tumbados en la cama. Casi siempre la veíamos en dos tiempos. Las caricias hacían que nuestra atención no tardara en desviarse de la pantalla hacia nuestros cuerpos. Después, aún entre jadeos, rebobinábamos hasta el punto en el que habíamos perdido el hilo de la historia. Todas las películas, incluso las tristes, nos hacían sonreír. Es en la primera parte, la de las caricias, en la que ella adquirió la costumbre de pasar la mano por mi ombligo y escarbar con su dedo corazón. A veces, sacaba una pequeña pelusa azul con la que jugueteaba delicadamente unos instantes, antes de dejarla en su mesilla. A pesar de que me gustaba presenciar aquel ritual cada vez que ocurría, he de reconocer que no le di importancia hasta que sentí su ausencia.

Un domingo de noviembre… (Seguir leyendo)

El nuevo dominio del gato negro (esto no es un relato, pero casi)

Tyler_Dominios¿Cómo no se me había ocurrido antes? Dos largos años buscando la forma de extender las garras de mi blog a los cuatro puntos cardinales. Meses y meses de conquistas y derrotas, como en una interminable partida de Risk. Y esta mañana, dándole vueltas a aquella frase ochentera que decía “la fama cuesta”, por fin he caído en la cuenta: para llegar a dominar la blogosfera en lo literario, el primer paso es hacerme con un dominio propio más allá de estas cuatro paredes. Uno a partir del cual expandirme y llegar, por fin, a tierras remotas como China, Mongolia, Nueva Zelanda, y, por supuesto, Groenlandia.

Esta vez sí. Después de hurgar en los pocos calcetines sin agujeros que tiene mi humano, he reunido lo suficiente para realizar la inversión. El blog anteriormente conocido como “lacariciadelgatonegro.wordpress.com” pasa a ser a partir de hoy lacariciadelgatonegro.com a secas. Fijaos en la dirección que aparece en vuestro navegador… ¡Oh! Mucho más glamour y personalidad. Se acabaron los engorrosos anuncios que afeaban mis entradas. Y lo más importante: la posibilidad de mejorar el posicionamiento en los buscadores para acercarme a nuevos horizontes y poder marcarme, a no mucho tardar, un baile con el globo terráqueo como el de Chaplin en El gran dictador.

O eso o un engañabobos más. No importa, ya está hecho.

Un nuevo paso en el imparable camino hacia las presentaciones de mis futuras novelas, charlas, galas, premios, poliamor, hedonismo, algún problema con la justicia por esconder fortunas en paraísos fiscales, conocer personalmente a mis ídolos (de los cuales en adelante yo seré ídolo),…

Para celebrarlo, en las próximas semanas, además de algún relato nuevo que está a punto de salir de la chistera, publicaré una entrada con los relatos olvidados (los primeros del Gato Negro, aquellos que la arena del tiempo ha enterrado a los ojos de la mayoría de vosotros) y otra con los relatos más exitosos cuya repercusión me abrió las fronteras de lugares como Mozambique, Sri Lanka, Curazao, San Cristóbal y Nieves o Kuwait.

Mientras tanto seguiré, tranquilamente y con el aura de la elegancia felina,  divisando desde esta atalaya mi nuevo dominio y recreándome en lo que está por venir.

¡Miau! (Continuará…)

El viejo R5

R5_1Observa a través de los cristales de la oficina que tiñen la ciudad de un verde cambiante. Hace rato que el tono musgoso del atardecer ha cedido el paso a uno más oscuro. En la enorme zona de aparcamientos apenas media docena de coches soportan los primeros impactos de una repentina granizada. Le queda mucho por hacer antes de volver a casa, pero no puede evitar detenerse unos instantes en el viejo R5. Lleno de achaques y obcecado siempre en una terca negativa a recorrer el camino hacia el desguace.

Recuerda aquella mañana de sábado. Jugaba con su hermano pequeño sin reparar en el insistente claxon que sonaba fuera de la casa. De repente notó algo familiar en la cadencia de aquel ruido de fondo. Repetía el mismo patrón una y otra vez: Pi, pipipipi, pi, pi. Era la contraseña que utilizaban para saber quién llamaba al timbre o al portero automático. Para ellos se trataba de un juego más, aunque este ocultaba otro significado: aquel no era un barrio fácil. Se asomó a la ventana y vio a sus padres saludando con la mano junto al coche nuevo, el primero y último que tuvieron, pero ella apenas reparó en el auto, tenía la mirada fija en su padre: no recordaba haberle visto sonreír nunca de un modo tan libre del matiz de la amargura. El vehículo trajo algunas comodidades y una alegría efímera que no cambió el estado de las cosas. Aquella sonrisa plena no tuvo continuidad, quedando como una instantánea fija en la memoria de lo extraordinario. Él siguió trabajando de sol a sol, casi hasta el último aliento, en esa fábrica cuya atmósfera fue deteriorando su ánimo y unos pulmones ya debilitados por la media cajetilla diaria de Ducados. Nada de cenas fuera, estadios de fútbol ni escapadas de hotel. Sin viajes en vacaciones más allá de unos días en la vieja casa familiar después de un largo periplo de ventanillas abiertas al tibio aire de agosto, jugando a las matriculas, pares o impares, y a las caras de los coches: según la distribución y  forma de los focos y la matrícula, unos parecían enfadados, otros reían y algunos lloraban.

Vuelve a centrarse en su tarea, no quiere que se le escape ni un detalle, está cansada de encadenar contratos en prácticas. El R5 aguanta la violencia creciente del granizo con el estoicismo y la dureza de siempre. Dicen que los perros se parecen a sus dueños. Nunca estuvo de acuerdo con esa afirmación. Sin embargo no le tiembla la imaginación al percibir la similitud entre la cara del viejo coche y la mirada, que hasta para reir pedía permiso, de su padre. La misma con la que, ya en el hospital, le dijo: “qué lástima, si hubiese tenido una vida más cómoda, de haber descansado en garaje, seguro que hubiese aguantado hasta que tuvieses edad para conducirlo, pero tal y como está…”.

 

Andoni Abenójar

La ecuación

Criatura 1

 

Diez, nueve, ocho,…

A pesar de su futilidad, casi un milenio después, la tradicional cuenta atrás aún se mantenía como homenaje a los primeros pasos de la humanidad en la aventura espacial. Tan solo se había introducido una variante: debido a cierto acontecimiento histórico ocurrido siglos atrás, la cuenta obviaba el número prohibido.

…seis, cinco, cuatro,…

Sin embargo, la sudoración, el pulso acelerado y otros signos de desasosiego no habían perdurado en el tiempo gracias a los implantes límbicos.

…tres, dos, uno,…

Desde la sala de control del Edificio Presidencial, un grupo de personas observaba en calma la pirámide situada a varios kilómetros.

…¡propagación!

El monumental artefacto se elevó sin estruendo ni resplandor a una velocidad constante y en pocos minutos (más…)

Devolviendo la palabra a los silenciados (disculpad la torpeza, será la edad…)

bocacremallera 6.jpgEl sábado 27 de enero, día del cuadragésimo cumpleaños de un servidor, compartí con vosotr@s el relato “Hombre de cuarenta” que cuenta la historia de Víctor y su insólita forma de enfrentarse al tránsito desde los “treinta y todos” a tan temida edad.

Pues bien, al publicar la entrada debí cometer algún error y no di opción para que, quienes quisierais, pudierais comentar u opinar sobre el relato. Siempre es un gusto recibir vuestro feedback, de modo que ya he configurado la entrada para admitir comentarios. Por si alguien se quedó con las ganas de decir algo, devuelvo la palabra a los silenciados (involuntariamente).

Espero que hayáis disfrutado (o vayáis a hacerlo) del relato.

Podéis leerlo aquí:

https://lacariciadelgatonegro.wordpress.com/2018/01/27/hombre-de-cuarenta/

Un abrazo y nos seguimos leyendo.

Andoni Abenójar

Hombre de cuarenta

Imagen 33El día anterior al cuadragésimo cumpleaños de Víctor Salaberria amaneció con un tiempo ni bueno ni malo, lo cual no era motivo de queja para nadie por aquellos lares. El sol, al otro lado de las nubes, producía un brillo intenso y la gente caminaba abrigada y, algo contrariada, con los ojos entrecerrados. No hacía demasiado frío, considerando que transcurría el mes de enero, pero un constante viento del Este ponía a prueba el volátil ánimo madrugador de los transeúntes. Uno —si no todos— de aquellos caminantes tenía mayores preocupaciones que el viento y el resplandor. Víctor iba cabizbajo para evitar estímulos que lo desconcentraran. Con el ceño fruncido repasaba todas las acciones que debía desarrollar en las siguientes horas.

Llegar hasta ese punto no había sido sencillo —ni barato— para alguien que sobrevive día a día desde que dejara su último trabajo, de 9:00 a 20:00, en una oficina. Suerte que contaba con la lujosa villa familiar, de la que tantas veces se había jurado que nunca se lucraría y que, sin embargo, decidió vender cuando empezó a desarrollar el plan. Desde entonces compartió piso de alquiler con dos hombres corpulentos y de rudas maneras que apenas hablaban el idioma, y con un tímido joven que decía ser escritor. Fue en aquellos primeros días compartiendo vivienda cuando la providencia le facilitó los recursos que allanarían el camino. Una tarde alguien llamó a la puerta de casa y cuando se disponía a abrir, el más hercúleo de sus compañeros le detuvo agarrándole por el hombro.

—Yo voy, ¿importa dejar sala?

Víctor asintió y se retiró a su habitación: no era demasiado grande pero cubría las comodidades mínimas de alguien que no pretende echar raíces. Además, necesitaba minimizar gastos para poner en marcha su propósito. Se sentó en un pequeño sofá que se agenció para las visitas que nunca tuvo y observó detenidamente y de manera aséptica el orden de las escasas pertenencias distribuidas por la estancia. Sólo sintió suya la vieja foto sobre la balda de los libros: eran él y Carla, su mejor amiga. Sonreían. Apenas tenían 13 años.

El apartamento era amplio y cómodo, pero de finas paredes que no aislaban ni del frío ni de los oídos curiosos. En el salón se juntaron los dos maromos con el recién llegado, que no hablaba el idioma de los otros. La conversación se desarrolló en inglés y Víctor entendió gran parte de la misma y varias cosas que desconocía sobre sus compañeros de piso. Fueron estos, poco después quienes le pusieron en contacto con las personas que podían ayudarle a materializar la idea que (más…)

La mosca muere sola

La mosca muere sola 1El débil sol de invierno se ha escondido tras la colina y, desde la ventana, alguien observa los copos blancos, iluminados por los primeros destellos intermitentes de las farolas. Mira hacia la estrecha vía de hormigón que lleva a la casa y en cuya linde la hierba luce tupida excepto en la superficie donde descansa su furgoneta. Tras esta, en un área de similares medidas, las briznas están empezando a crecer.

Mira la televisión y un anuncio publicitario le recuerda —como si pudiera olvidarlo— que es Navidad. Él piensa en lo rápido que crece la hierba mientras juguetea con la mano en el bolsillo de la bata.

Estira el brazo tratando de cambiar de canal, golpea el mando pero el aparato no responde. Ningún niño con jersey de lana decorado con cohetes espaciales se ofrece voluntario para acercarse a los botones del televisor. Se rinde, está dispuesto a soportar los minutos comerciales antes de que continúe la película. Siempre le ha enternecido la insistencia del personaje de James Stewart en anteponer las necesidades de los demás a sus propios deseos.

Está a punto de precipitarse en la acogedora oscuridad cuando siente una leve caricia recorriéndole la boca. No es el roce familiar y sensual de esa persona capaz de perdonar tus pecados y transformar la penitencia en éxtasis. Se trata más bien de un toque frío y extraño (más…)

Birus berri on! ¡Feliz virus nuevo! Happy new virus!

Urte berri on 2017No os hagáis ilusiones, no voy a sorprenderos con un relato postapocalíptico en el que un felino portador extiende el virus del fin de la humanidad. Lo de meter el concepto vírico ha sido más bien un acto de periodismo rosa: desde Nochebuena un ejército de microorganismos con muy mala hostia me han mantenido por encima de los 101 grados Fahrenheit. Temperatura insuficiente para que el papel comience a arder, pero lo suficientemente alta para impedir a mis neuronas plantearse el ejercicio de la escritura.

Farenheit 101: la temperatura a la que las ideas se reducen a ceniza.

Llevaba unos días trabajando en una historia muy navideña (a mi manera). Va sobre una mosca. Creo que os iba a gustar. Pero, entre dolores, náuseas, fiebre, tos y secreciones desagradables, he sido incapaz de darle cierre.

De modo que para el inicio del 2018 añado a la lista de propósitos el de terminar ese relato. Este objetivo se une a los anteriormente establecidos, tales como la conquista del mundo literario y la auto publicación de un libro de relatos del que os hablaré muy pronto. Estará compuesto por algunas historias que conocéis muy bien y otras inéditas.

Mientras os pegáis una Nochevieja antológica yo me quedaré aquí, con el gato negro, ultimando proyectos, recuperando fuerzas y rumiando nuevas historias para que os caguéis por la pata en 2018.

Disfrutad del fin (y del principio).

Urte berri on. Feliz 2018.

P.D. Y no olvidéis que el uso de petardos y demás pirotecnia es señal de varias carencias (de sensibilidad, por ejemplo). Por favor, no hagáis caso al anuncio de la famosa bebida de cola que dice que el hecho de no respetar el espacio personal de los demás es algo bueno y molón que define positivamente a la gente de cierto país… No lo es. No invadáis los tímpanos y la calma y quietud ajenas. Gracias.

 

La caricia del gato negro

La caricia del gato negro: Año Dos

Gato negroHoy La caricia del gato negro cumple su segundo año. Dos órbitas completas alrededor del sol. Y sin llegar a quemarnos (del todo). Un trayecto y un tiempo a lo largo del cual muchas cosas ocurren y otras, aparentemente no, pero se piensan, o se sienten, o se sugieren. O se escriben. Y a caballo entre esos tipos de acontecimientos me he movido otro año más. En este blog he compartido tanto algunas que ocurren en carne y polvo como otras (la mayor parte) que suceden sólo en mi imaginación y que, con un poco de suerte, quizás también sucedan en la vuestra: la de aquellas personas y entes que me leéis desde que publicará, hace dos años, el primer relato. Aquel que diera nombre a todo esto y que podéis leer en este enlace. Y no creáis, los que no me leéis, que estáis exentos. Conocedores de la existencia de estos relatos, fantaseáis: “¿qué estará escribiendo el mamarracho este?”, e imagináis, —oh sí, lo sé muy bien—, lo mal o bien que escribo y el tipo de historias que pueblan esta bitácora. Leed malditos, leed. Y compartid.

Ha llegado el momento: toca hacer una valoración del éxito y del estado de la misión de la conquista del mundo (literario y terráqueo) que me auto impuse al crear La caricia del gato negro. Compartiré los avances de la campaña de este “Año Dos” teniendo en cuenta el anterior hito y los objetivos que establecí entonces (pinchando aquí podéis ver la evaluación completa del Año Uno).

Pues bien, en este período el blog ha pasado de aquellos 500 seguidores a los actuales 1.100 fieles. El número de visitas asciende a 20.800 y han sido perpetradas por 9500 visitantes de 83 países. Buenos números aunque no siempre fiables, habida cuenta de que al blog llegan lectores —guiados por distintas parafilias— tras realizar búsquedas tales como “Relatos eróticos de mujeres con gatos”. Doy fe.

Sean cuales sean las motivaciones, estas han sido (más…)

Selección de relatos de Kultur Dealers

Recuerdos sin nombre

Mi relato: Recuerdos sin nombre

A finales de septiembre estuve en Donostia y, entre otras cosas, me pasé un buen rato delante de un artilugio azul intentando sacar mi relato seleccionado para la iniciativa Kultur Dealers —ya sabéis, esas máquinas expendedoras de microrrelatos que instalaron en distintos puntos del territorio—.

Antes de conseguir que mi relato se deslizara por la rendija dispensadora (tened en cuenta que se imprimen de forma aleatoria) pasó por mis manos un buen puñado de relatos y microrrelatos de otros autores y autoras seleccionadas.

Hace poco la curiosidad me llevó a realizar una búsqueda en las redes. La idea era responder a esta pregunta: ¿qué visibilidad se ha dado a la iniciativa y su acogida? ¿y a los participantes y sus relatos? Así que tecleé “Kultur dealers” en el buscador. La conclusión es que más allá de la propia existencia de las máquinas expendedoras, que en muchos casos han pasado intervalos fuera de servicio, no he encontrado contenidos significativos ni seguimiento de tan estimulante iniciativa. A nivel oficial (organizacional), las últimas noticias e informaciones datan de junio, cuando se pusieron en marcha las máquinas azules escuperrelatos. Después los ecos y reverberaciones han sido apenas existentes y mayoritariamente particulares (los autores publicados dando la murga, como yo, en las redes).

Por todo esto, terminada ya la campaña Kultur Dealers 2017, y tras leer los relatos que acabaron en mis manos mientras buscaba el mío para sacarme la foto de rigor, he decidido hacer esta publicación para dar visibilidad (tan humilde como la capacidad de difusión de este blog) a algunas de las creaciones que me han parecido dignas de mención. A  continuación, fotos de algunos de esos relatos que el artilugio azul regurgitó para mí.

Los relatos y sus autores son los siguientes: (más…)