El último relato – (Relatos ALEABILBAO 2016-2017)

el ultimo relato2No me gusta la gente. Ni una sola persona. No os imagináis la impotencia que provoca un sentimiento tan inabarcable. Supongamos, por ejemplo, que decidiera hacer algo al respecto. Podría, qué sé yo, enrolarme en el ejército. De este modo, aunque tendría el privilegio de eliminar gente de manera legal y sin tener que enfrentarme a engorros judiciales, me encontraría con la terrible contradicción de que mis compañeros también serían “gente”. Igual de despreciables que el enemigo y con los que me vería obligado a mostrar camaradería. No podría soportarlo.

No es fácil odiar a la gente y querer hacer algo al respecto.

Seamos realistas: ¿cuál es la probabilidad de que, a lo largo de mi vida, vaya a tener al alcance de la mano el botón rojo? Bastante inferior a una entre 7400 millones.

Es duro aceptar la imposibilidad de acabar con todos. Salvo milagros —el último se remonta al 1939 y no fue suficiente—, siempre habrá gente. Y nunca me gustará.

Asimilada la verdad tras una profunda reflexión que llevé a cabo hace ya cinco años; conocedor desde entonces de mis propias limitaciones, me propuse un enfoque constructivo.

Como en ese chiste sobre el maestro del East End londinense, decidí ir por partes. Indagué en las profundidades de mí odio priorizando motivaciones: ordené a la gente según el nivel de animadversión que me provocaba. Por supuesto tuve que centrarme en colectivos, de este modo podría enfrentarme a lo inabarcable de mi cruzada.

Comencé por descartar a los deportistas profesionales, en adelante, dicho colectivo debería agradecer esta decisión a los futbolistas y mi necesidad de agrupar.

También taché de la lista a políticos —confío en las futuras consecuencias globales de su ambición—, a enfermos graves de cualquier tipo; a militares y milicianos —apoyan, sin saberlo, mi causa—. En fin, una larga lista que dejaré de detallar, no lo considero necesario.

El resultado de este trabajo de priorización me llevó a una lista compuesta por mis más odiadas criaturas: varios colectivos artísticos, solidarios, de la salud,…

Finalmente di con el top 3 de mis particulares olimpiadas de odio. El resumen perfecto de años de rabia contenida. La medalla de bronce se la llevaron los runners y la plata fue para psicólogos y psiquiatras. Por fin había determinado cuál era el colectivo que más encendía mis deseos genocidas. La más odiosa de todas las criaturas ya tenía nombre y me iba a encargar de colgar en su cuello la pesada medalla que merecían.

Unos días después me apunté a un taller literario.

Estaba seguro de que en aquel hábitat, encontraría a lo más despreciable de la despreciable especie humana: los escritores.

Egocéntricos, artificiosamente etéreos, de profundidad prefabricada ­—lo único profundo que poseen son esas fauces con las que se devoran unos a otros para tratar de quedarse con su parte del “micropastel”—. Oteando siempre desde las alturas de un ego hinchado de gases nobles, condescendencia y falsa modestia. Incapaces de disimular el sentimiento de superioridad moral e intelectual. Haciendo creer al común de los mortales que poseen una sensibilidad inherente a su pretendida hondura de sentimientos. Siguiendo con tan manipulador fin los cánones de la buena literatura: de manera elegante y sugerida. Introduciendo, como en la película de Nolan, mediante ardides, esa idea en el resto de la gente. Provocando en sus mentes la ilusión de que ese pensamiento sobre la grandeza del literato les pertenece. Son considerados grandes observadores de la realidad, de lo visible y de lo invisible, pero yo os aseguro que va a ser especialmente placentero desmontar esta afirmación con los hechos que narro en este último relato.

Os voy a contar un secreto: los escritores no son más que ese tipo que vaga por las playas guitarra en mano y con un pobre repertorio de canciones para aflojar los higadillos del personal. O como el surfista que pasea durante días por la arena con su enorme tabla aun sin estrenar. Ilusionistas, pero no de la ficción.

De acuerdo, confieso además que mi padre —el biológico, muerto en extrañas circunstancias—, era escritor.

Tengo que reconocer que al principio el taller me sorprendió. Los profesores —eran dos e iban intercalando sus clases: cada semana uno— no se andaban con tonterías y, para mi regocijo, sus críticas despiadadas dejaban al borde del llanto a los aprendices. Llegué a sentir algo parecido a lástima por algunos de ellos. Yo me encargaba de simular malestar cuando las críticas a mis textos eran negativas y alegría cuando recibía una palmada en el hombro. Tenía que hacerme pasar por uno de ellos para desarrollar mi plan sin levantar sospechas.

Cómo disfrutaba cada vez que los profesores nos recordaban que la herramienta más útil que posee un escritor es la “tijera”: la capacidad de eliminar lo que es innecesario en un texto. No podía estar más de acuerdo, aunque yo veía aquel asunto desde una perspectiva más literal que literaria. Por aquel entonces aún estaba decidiendo la forma en que materializaría mi obra y no despreciaba ninguna idea aunque, obviamente, usar un elemento punzante hubiese sido demasiado complicado y poco práctico.

Decidí que el último día de taller mi plan llegaría al clímax y fui disponiéndolo todo. Sin embargo, a mitad de curso algo ocurrió. Comencé a sentirme seguro al ver que no levantaba la menor sospecha entre mis compañeros —grandes observadores, sí. Pero de su propio ombligo— y me fui relajando. Fue así hasta tal punto que empecé a escribir lo que realmente quería: historias de muerte, asesinato, suicidio y violencia. A partir de ahí, las buenas críticas de profesores y compañeros comenzaron a abrumarme de tal manera que poco a poco fui perdiendo el ímpetu inicial que me había llevado hasta allí para sustituirlo por lo que un escritor definiría como “las necesidad de seguir escribiendo”, pero que en un lenguaje sincero se traduciría como “el placer de recibir la aprobación y las alabanzas de los otros”.

Embriagado de aquella sensación y a sabiendas de que el taller tendría continuidad al año siguiente, decidí posponer mi plan.

El segundo curso comenzó con pocos cambios en cuanto a las personas participantes. Uno de los profesores nos dejó (no en el sentido funesto), pero afortunadamente el que siguió con nosotros era mi preferido: sus críticas eran despiadadas, sin filtro, y además hacía algo con lo que me sentía identificado: priorizaba los relatos que presentábamos cada semana de mejor a peor y lo manifestaba claramente. Esto comenzó a enrarecer el clima de las clases: algunos alumnos se quejaban de favoritismos. Lo que había empezado como un inocente grupo de aprendizaje se transformó en un cubil lleno de criaturas cegadas por la competitividad que ponían en marcha artimañas de todo tipo con el fin de estar entre los elegidos del sensei —así solíamos llamar al profesor desde que lo bautice en tal sentido, nadie captó que se trataba de una mofa y no de un mote cariñoso, o tal vez lo entendieron y por eso adquirieron aquella costumbre. Con los escritores nunca se sabe—. Íbamos a sus charlas religiosamente , situándonos en primera fila, alabábamos sus novelas y libros de relatos, le incluíamos entre los personajes de las historias que escribíamos para el taller dotándole de dimensiones torácicas hercúleas y un atractivo e intelecto superiores, lo agasajábamos con viandas de sabor y precio ascendentes en cada cumpleaños que celebrábamos, incluso participamos en concursos literarios que él mismo coordinaba para dejarle claro nuestro interés y, en algunos casos, nuestra calidad literaria. Era un placer para los sentidos observar aquella guerra fría entre los compañeros. El modo en que disfrazaban su intercambio de zarpazos con sonrisas y palmadas constituía una divertida e irrefutable prueba de que, sin duda, se trataba de una buena generación literaria. Por este motivo decidí que en aquel curso tampoco materializaría mi plan. Tenía curiosidad: ¿Acabarían ellos mismos el trabajo para el que yo me había apuntado a aquel taller?

En el tercer año hubo un cambio de rumbo. Según el sensei ya estábamos preparados para empezar con el ritual de consagración de cualquier escritor: íbamos a trabajar en nuestra primera novela. No sólo eso sino que, además, para permitirnos un aula en la que poder dar las clases, pasamos a formar parte de una asociación literaria. Imaginad todo el “mamoneo” del que os vengo hablando elevado a la máxima potencia. ¿Qué es peor que un escritor suelto en la ciudad? Dos escritores sueltos en la ciudad.

Acabé por acostumbrarme a las dagas voladoras y empecé a aburrirme. A mitad de curso tuve claro que el último día acabaría por fin con aquel coitus interruptus.

Sin embargo alguna fuerza desconocida y oscura se empeñaba en mantenerme en ese microcosmos de pedantería. Me presenté, al igual que algunos de mis compañeros, a uno de esos certámenes que organizaba el sensei, a uno importante por el reconocimiento que suponía a los ganadores. Lo hice para seguir pasando desapercibido como uno más, pero también porque el tema de aquel concurso me llamó la atención: se trataba de terminar una historia ya comenzada, y al leerla sentí el impulso de escribirla. Por fin un certamen que no hablaba de la igualdad de género, de la solidaridad, de enfermedades raras o de cartas de amor. Esta historia iba sobre una oreja cortada y muchos crímenes. Gané el concurso. De repente me vi envuelto en una trama real para la que no me había preparado, pero sabía demasiado de aquellas criaturas como para no dar el pego. Contraté a tres actores que hicieron las veces de mis padres y hermana en la entrega de premios y les dediqué unas emotivas palabras. A partir de ahí comenzaron a lloverme elogios, tanto de los miembros del taller (con sus falsas sonrisas) como del resto de personas de la asociación e incluso de gente ajena a estos entornos, pero que formaban parte del mundo cultural de la ciudad. Se me acercaban en eventos literarios y fiestas de “gafapastas” con absurdo interés. Me preguntaba si era su forma de darme la bienvenida a la manada o solo una prueba para decidir si me aceptarían en ella. Tuve sexo con muchas mujeres y otros tantos hombres de aquellos círculos turbios. Qué retorcidos eran sus gustos y prácticas en la cama… Fue divertido. Observé desde dentro esa artificiosidad que ya conocía. De repente, por haber escrito un relato resultón ya se me atribuían las características inherentes a todo escritor, esas de las que os hablaba al principio de esta narración: hondura emocional, inteligencia, capacidad de observación, sensibilidad,…

El cuarto curso comenzó mal. Mis compañeros no tardaron en darse cuenta de que mi novela no avanzaba. No tenía la menor intención de esforzarme tanto para conseguir mi objetivo y el resto del grupo me miraba por encima del hombro. Era el año perfecto para acabar con aquel bucle. Sin embargo al ver el rumbo, previsiblemente catastrófico y bajo las coordenadas del fracaso, que tomaban las novelas de mis compañeros, decidí que sería mucho más interesante terminar con todo después de ver sus caras cuando el sensei les dijese después de unos años de duro trabajo: “vuestras novelas necesitan tijera, y no hablo de cortar sólo treinta o cuarenta páginas…”.

Así que empecé el quinto curso con el convencimiento de que sería el último. Es más, el profesor decidió que en efecto lo sería, y sentí un gran alivio al saber que ya nada detendría la consecución de un propósito que se había prolongado durante cinco largos años.

La mayoría terminó su novela. Y mis expectativas no se cumplieron, ya que el sensei quedó satisfecho del resultado y no invocó a la Diosa Tijera más allá de una o dos páginas por libro.

Entre aquellas historias había de todo: una especie de Lo que el viento se llevó ambientada en La Rioja Alavesa; una narración metaliteraria sobre un crimen provista de toques sobrenaturales que rezumaba venganza hacia los adalides de la calidad literaria; un libro de auto-ayuda que en mi opinión pecaba de un positivismo demencial en su forma de entender la existencia humana; una novela corta o relato largo sobre una tal Faemina (o Fermina, no recuerdo) desarrollada en una especie de Macondo y que hablaba sobre su liberación sexual; una novela histórica ambientada en la Guerra Civil —qué placer leer sobre injusticia, muerte y destrucción—; o la historia intimista de un bon vivant que viajaba por ciudades exclusivas en busca de luz y bellas mujeres; también otra novela bélica con toques fantásticos protagonizada por niños, y que algún día dirigirá algún blandengue como Spielberg —o tal vez Shyamalan—; y la historia de dos violaciones ocurridas en el mismo lugar en distintos siglos. Otras novelas, como la mía, quedaron en el camino. De cualquier forma aquellos buenos resultados, que incluían la publicación de algunos de los mencionados trabajos, y la sensación de que mis compañeros habían pasado a formar parte de esa parcela de cielo exclusiva para escritores, era una gran noticia en lo que se refería a mis motivaciones personales.

Por un problema de logística, el material para la consecución de mi objetivo no llegó a tiempo. Es cierto, lo sé, no soy puntual y siempre tengo alguna excusa… Esto casi lo manda todo al garete, sin embargo no fue difícil convencer al sensei y mis compañeros de hacer un día extra de taller en el que todos llevaríamos un último relato que leeríamos y comentaríamos. Tal como suponía les pareció un bonito broche con el que cerrar el círculo del taller. La fecha estaba marcada en el calendario: 26 de junio de 2017.

Llego tarde, como siempre, para no levantar sospechas. Aparezco con una mochila y la dejo encima de la mesa para asegurarme de que esté en el alcance de la visión de todos los presentes. Cuando me llega el turno empiezo a leer mi último relato: este.

Al terminar la lectura, me regocijaré con las sonrisas aparentemente inocentes de mis compañeros y sensei, las vuestras, sí. ­Aunque sé que en el fondo estaréis apretando el culo con esa pequeña sombra de duda. Algunos quizá comencéis a atar cabos sueltos a lo largo de estos últimos años: los relatos sangrientos, mis repetidas ausencias a excursiones y eventos, ciertos rumores sobre mí estado mental,… Pero como buenos escritores no osaréis a romper vuestro halo de grandeza y clase huyendo, por si acaso, a todo correr.

Terminaré de leer el relato y me levantaré de la silla mientras señalo la mochila sobre la mesa. Reiréis nerviosos, os miraréis unos a otros con una mezcla de curiosidad e inquietud. Saldré del aula y mientras recibo vuestro falso aplauso sacaré del bolsillo el pequeño mando a distancia con el botón negro que anoche pinte de rojo.

Y ahora recurriré a una anticlimática tijera literaria, esa que tanto nos gusta. Pero en esta ocasión la utilizaré para cortar el final. Al fin y al cabo mañana estará en todos los periódicos.

¿O pensabais que había escrito este relato para el disfrute de la gente, o para  que me alaben y consideren una criatura excepcional con una sensibilidad por encima del bien y del mal?

No. A mí no me gusta la gente.

Andoni Abenójar

13 comments

    1. Hola, Alberto. Bienvenido a La caricia del gato negro. Un placer tenerte por aquí y poder pasarme por tu blog. Me apunto tu relato “El descuido” y en cuanto tenga un rato lo leo para seguir la pista de esas posibles influencias y lecturas compartidas.
      Un abrazo.

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