La mosca muere sola

La mosca muere sola 1El débil sol de invierno se ha escondido tras la colina y, desde la ventana, alguien observa los copos blancos, iluminados por los primeros destellos intermitentes de las farolas. Mira hacia la estrecha vía de hormigón que lleva a la casa y en cuya linde la hierba luce tupida excepto en la superficie donde descansa su furgoneta. Tras esta, en un área de similares medidas, las briznas están empezando a crecer.

Mira la televisión y un anuncio publicitario le recuerda —como si pudiera olvidarlo— que es Navidad. Él piensa en lo rápido que crece la hierba mientras juguetea con la mano en el bolsillo de la bata.

Estira el brazo tratando de cambiar de canal, golpea el mando pero el aparato no responde. Ningún niño con jersey de lana decorado con cohetes espaciales se ofrece voluntario para acercarse a los botones del televisor. Se rinde, está dispuesto a soportar los minutos comerciales antes de que continúe la película. Siempre le ha enternecido la insistencia del personaje de James Stewart en anteponer las necesidades de los demás a sus propios deseos.

Está a punto de precipitarse en la acogedora oscuridad cuando siente una leve caricia recorriéndole la boca. No es el roce familiar y sensual de esa persona capaz de perdonar tus pecados y transformar la penitencia en éxtasis. Se trata más bien de un toque frío y extraño. Sobresaltado recorre la estancia con la mirada. Tal como esperaba: nada. El viejo Toby ha sentido la agitación, se levanta despacio y al comprobar que todo está en orden vuelve a acurrucarse. Él tampoco lucha contra la modorra y cuando ha puesto el primer pie en lo que parece ser un sueño plácido —de los que al despertar abren de par en par las puertas del infierno cotidiano—, siente otra vez la caricia, esta vez en la mano. La televisión canturrea una melodía etílica: ¡Buffalo no puede dormir, no puede dormir, no puede dormir!

Enfoca la mirada y la ve: una mosca. Sus patas y la succión desesperada le hacen cosquillas y con un rápido movimiento la espanta. La criatura insiste varias veces y él agita los brazos otras tantas.

Vuelven a cortar la película, con desatino, en un momento de tensión narrativa y antes de los consejos publicitarios el canal anuncia la próxima emisión de un reportaje sobre lo que definen como tragedia: varias personas asfixiadas en el accidente de tráfico ocurrido meses atrás en un túnel. Uno muy cerca de casa.

Desvía la atención hacia la mosca, que insiste en mantener el contacto. Se pregunta por qué lo hará. Su vuelo es lento, fatigado, está seguro de que, si quisiera, podría atraparla sin dificultad. Da la impresión de estar en las últimas. Se le ocurre que, tal vez, tras haber consumido la mayor parte de sus días de vida, el insecto busque calor, cercanía. Un testigo de los últimos momentos de existencia, que, al menos en cuerpo, se despida de ella. Le parece una buena historia y se acerca al escritorio.

Se sienta ante la vieja máquina de escribir. En una especie de disculpa de quien no tiene palabras para explicar el acto de abandono cometido, sopla el polvo sobre las teclas, introduce un folio y golpetea el teclado. La mosca no ha cejado en su empeño y tras posarse de forma desmañada, recorre el terremoto de su mano en torpes saltos y lentas zancadas. Piensa que tal vez sea cierto: quizás sólo busque un poco de compañía para transitar al otro lado. Pero el muro comunicativo evita que puedan entenderse insecto y humano y compartir ese momento: una empatía imposible. Ella no entiende que el zumbido y cosquilleo que produce lo incomoden. Y él no le asigna la talla moral suficiente. Sus intentos no traspasan el umbral de nuestra sensibilidad.

Cuando el tecleo se torna lento e irregular, deja la historia a medias y se dirige a la cocina. Toma del armario la caja de somníferos y los mezcla con la comida para perros. Toby ya está a sus pies, moviendo la cola tanto como la artrosis le permite y exigiendo alimento con asmáticos ladridos. Él le acaricia con fuerza.

—Ya es la hora, Tiby Taby Toby —al reproducir esas palabras una dulce voz de niña le atraviesa, implacable, el recuerdo. Busca el tacto frio y tranquilizador en el bolsillo de la bata para ahuyentar la melancolía.

Deja el comedero en el suelo y el perro da buena cuenta de la cena.

Termina el relato pero no consigue dar con el título apropiado. Vuelve al sofá y observa en el televisor al protagonista cuya crisis se ha desencadenado en proporciones casi apocalípticas llevándolo al borde del suicidio.

Pero él conoce la historia y sabe que un ángel y el espíritu navideño le harán recapacitar. Presenciará una versión de la realidad en la que él nunca ha existido. En su ausencia, las vidas de los suyos parecen tristes y vacías. Esta visión le persuadirá: merece la pena continuar adelante.

Él se pregunta cómo habría actuado el protagonista en circunstancias inversas. Si el clímax se enfocase justo al revés: ¿cómo hubiera sido su propia vida si todas las personas que amaba hubiesen sido borradas por la fatalidad?

Su mano vuelve a juguetear dentro del bolsillo y entonces se le ocurre el título. Vuelve al escritorio y teclea:

La mosca muere sola.

Junta los folios que componen el relato y los deja en la estantería sobre los volúmenes que conforman su obra publicada: La larga agonía, El cataléptico, Ritual de muerte, El Torturador Vol. I, II y III, Sutura perfecta,…

A las diez en punto enciende las luces del árbol y coloca debajo cuatro calcetines y un bozal. Coge en brazos el cuerpo inerte de Toby y lo tumba a su lado en el sofá. Saca el arma de la bata y se apunta a la sien. Dispara. Durante un instante, mucho más largo de lo que nunca hubiera imaginado o escrito, la conciencia comienza a disolverse en partículas de significados incompletos. Trata de sentir la presencia de Marta y los niños, pero sólo consigue aferrarse a una idea: el dolor infligido, las torturas y asesinatos. Todos aquellos que, por su culpa, pasaron por esto antes que él. Esos personajes que llevó al límite en sus historias. Un sinfín de agonías macabras y rebuscadas. Desearía poder levantarse y reescribirlo todo: cada instante de sufrimiento, cada cúmulo de fatalidades, cada muerte absurda e injusta. Aquel túnel convertido en trampa mortal. Pero es demasiado tarde. Antes de desaparecer consigue vislumbrar la vaga idea de un final distinto para la mosca. La muerte lo abraza mientras sus dedos teclean los últimos espasmos al aire.

Al rato la mosca le corretea por el brazo: no tiene pulso, está frío. Olisquea y una creciente fragancia despierta algo atávico. Se frota las patas delanteras con fruición, se acomoda entre los vellos y duerme con la reconfortante intuición de la necesidad saciada.

Andoni Abenójar

29 comments

  1. Tu relato me habla de la empatía o la falta de ella, de la soledad, de mala conciencia y de muchas cosas más y me ha mantenido alerta hasta el desenlace final.
    GRACIAS, Andoni, un placer leerte como siempre

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      1. Gracias Andoni. La sutileza que se percibe en tus textos hablan de cosas que llegan con naturalidad, quizás por eso me gustan tanto.
        Abrazos y buen día

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  2. Me ha atrapado hasta el final. Enhorabuena por este cuento posnavideño, que parece el reverso del clásico de Frank Capra que cita, si bien es un complemento literario estupendo hablando también de la influencia de nuestras decisiones, de la responsabilidad de nuestros actos, de ese espíritu motivador o desalentador que nos mueve… La mosca no precisaba, como Clarence, estrenar alas, pero el protagonista también supo impulsarla con su última frase y su postrer pensamiento…

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  3. Qué bueno Andoni. El relato va de menos a más, y eso es la Hostia. Me los imagino muertos a los dos amigos. Además el escenario de la Navidad, esa fiesta tan extraña. Creo que la más odiada de todas las festividades.

    Zoragarria ta oso tristea Andoni. Besarkada bero bat otxa kentzeko lagun.

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