La caricia del gato negro: año 3

Queridos lectores, en unas pocas horas celebraremos el tercer aniversario del inicio de esta épica misión disfrazada de blog literario. Cerca ya de convertirnos en todo un lobby, tengo el placer de daros la noticia que lleváis tres años esperando.

Por fin, China.

Así es, después de tres años de estrategia para atraer al gigante asiático a nuestra zona de influencia, ha ocurrido. El pasado 8 de octubre algún incauto habitante de dicho país entró en contacto con nuestro blog. Es de suponer que esto se deba a las miguitas de pan que, de forma no aleatoria ni gratuita, dejé en el camino en la publicación La caricia del gato negro. Año Dos. En aquel texto introduje varias palabras clave que supuse podrían ser buscadas desde el país asiático, incluida la leyenda de Li Hi Tan, que explica la tensa relación entre China y los gatos negros. Al hacer esa pequeña fisura en el muro de dicha animadversión, hemos dado un paso, pequeño para los dedos que teclean pero grande para la humanidad: desde el pasado 8 de octubre, las visitas desde dicho país no han dejado de sucederse, tímidamente tal vez, pero en constante goteo. Una vez abierta esa puerta, el objetivo de este blog, de esta misión, se percibe más cerca que nunca. Ya sabéis, millones de visitas que garantizarán mi estelar carrera como escritor y, por tanto, la materialización de nuestro leitmotiv: “las presentaciones, charlas, galas, premios, poliamor, hedonismo, algún problema con la justicia por esconder fortunas en paraísos fiscales, conocer a mis ídolos (de los cuales en adelante yo seré ídolo),…”.

Pero no quiero limitarme al regodeo por la consecución del objetivo principal que en La caricia del gato negro nos habíamos propuesto un año atrás. Hay otros logros de los que sentirnos orgullosos. Damos la bienvenida a nuestra bitácora a Corea del Sur. Obviamente de cara al próximo año, sus vecinos del norte están invitados a formar parte de la familia. Es más, ahora que tienen buen rollito, La caricia del gato negro, se presta como tierra de nadie virtual para que puedan seguir limando asperezas.

Por otro lado, paso a comunicaros el resto de nuevas y flamantes adquisiciones de este fructífero 2018: Nueva Caledonia, Chipre, Bután, Sri Lanka, Israel.

En la siguiente imagen podéis ver cómo queda el mapa de nuestro (mi) mundo a día de hoy: (más…)

Relatos olvidados (Vol. 3)

Volvemos con una nueva entrega de esos relatos que publiqué hace años y que, para muchas de las personas que me leéis desde no hace tanto tiempo, han quedado en el olvido, enterrados bajo las nuevas publicaciones y relatos. Para que no tengáis que sufrir en vuestras carnes la odisea descendente hacia el inframundo de las entradas antiguas, las rescato aquí, como hice en las dos entregas anteriores, Relatos olvidados (Vol. 1) y Relatos olvidados (Vol. 2).

Hoy os presento “La sutura perfecta”: un relato sobre lo difícil que resulta enterrar la culpa y el coste que puede tener intentarlo a la desesperada. Y “Dos días”: o cómo juntar en una historia el refranero popular y el fin del mundo.

 

La sutura perfectaLA SUTURA PERFECTA

Ramón despertó sobresaltado, había escuchado un golpe seco en el exterior, al otro lado de la ventana de la habitación. Se giró hacia la mesilla y observó los dígitos rojos que flotaban en la oscuridad: eran las dos menos diez de la madrugada. Pensó que se trataba de un sueño y trató de seguir durmiendo. Después de unos minutos de marejada de sabanas y mantas, decidió salir a mirar.

 Accedió al pequeño jardín rodeado por el muro de cemento. Lo que observó a continuación le aceleró la respiración. A menos de dos metros de la fachada, bajo la luz de la intermitente farola, había una bolsa negra de al menos dos metros de longitud. Era de un plástico resistente y tenía una cremallera en la parte superior de la que tiró tras un instante de duda. Observó el contenido y… (seguir leyendo)

 

DOS DÍASDos días_Imagen refranes

Fue conocida la gente de Villarrefrán por su ingenio y agudeza. No menos conocidos fueron por la mansedumbre y el pulcro respeto por las leyes. Se dice que cumplían con escrúpulo los mandatos municipales, o cualquier directriz que fuese o pareciese ser emitida desde cierta autoridad. Era también gente de poca discreción: uno podía decir, en aparente intimidad, algo que unos minutos después era tema de conversación en la plaza del pueblo o en el bar de Manolo.

Un día el notario le dijo a un cliente: “Ten cuidado con lo que deseas. Podría hacerse realidad”. Fue a partir de ese momento cuando comenzaron a suceder los hechos que se narran… (seguir leyendo)

El último relato – (Relatos ALEABILBAO 2016-2017)

el ultimo relato2No me gusta la gente. Ni una sola persona. No os imagináis la impotencia que provoca un sentimiento tan inabarcable. Supongamos, por ejemplo, que decidiera hacer algo al respecto. Podría, qué sé yo, enrolarme en el ejército. De este modo, aunque tendría el privilegio de eliminar gente de manera legal y sin tener que enfrentarme a engorros judiciales, me encontraría con la terrible contradicción de que mis compañeros también serían “gente”. Igual de despreciables que el enemigo y con los que me vería obligado a mostrar camaradería. No podría soportarlo.

No es fácil odiar a la gente y querer hacer algo al respecto.

Seamos realistas: ¿cuál es la probabilidad de que, a lo largo de mi vida, vaya a tener al alcance de la mano el botón rojo? Bastante inferior a una entre 7400 millones.

Es duro aceptar la imposibilidad de acabar con todos. Salvo milagros —el último se remonta al 1939 y no fue suficiente—, siempre habrá gente. Y nunca me gustará.

Asimilada la verdad tras una profunda reflexión que llevé a cabo hace ya cinco años; conocedor desde entonces de mis propias limitaciones, me propuse un enfoque constructivo.

Como en ese chiste sobre el maestro del East End londinense, decidí ir por partes. Indagué en las profundidades de mí odio priorizando motivaciones: ordené a la gente según el nivel de animadversión que me provocaba. Por supuesto tuve que centrarme en colectivos, de este modo podría enfrentarme (más…)

Relatos Olvidados (Vol. 2)

Nueva entrega con relatos de los inicios del blog. Dos historias perdidas en el tiempo (como lágrimas en la lluvia), cuando La caricia del gato negro no tenía tantos seguidores. Otra oportunidad para leer (o releer) algunos de aquellos trabajos que considero rescatables a pesar de su juventud (y mi inexperiencia).

Si os perdisteis la primera entrega, “Relatos olvidados (Vol. 1)”, podéis acceder pinchando aquí.

Hoy, un microrrelato erótico y una historia de guerra, supervivencia y huellas apenas perceptibles entre generaciones.

 

 

Imagen_Relatos olvidados (Vol. 2)ÁREA DE DESCANSO

Era un día lluvioso en la autopista entre Zaragoza y Logroño. Ella disfrutaba de cada curva y no dejaba de jugar con la palanca de cambios. El cinturón de seguridad le molestaba, pero no quería correr riesgos. La carretera estaba cada vez más húmeda, y la goma resbalaba a ratos con el piso produciendo en ella una vertiginosa sensación de pérdida del control.

Después de un tramo sinuoso y lleno de cambios de rasante, ascendió una gran pendiente cuyo final parecía no llegar. Hacía fuerza con brazos y piernas, como si quisiera acelerar la llegada. Poco a poco alcanzaba… (seguir leyendo)

 

 

sergei-mon-amourSERGEI, MON AMOUR

La nieve no cesaba. Solo el rojo rompía, impertinente, el predominio del blanco. Había empezado a anochecer y Sergei se resguardaba junto a tres cadáveres aún calientes. Llevaba seis días apostado en el antiguo edificio de correos, del que solo quedaban tres paredes y medio techo. Sus hermanas mayores, Olga e Irina murieron sirviendo en las defensas antiaéreas de Stalingrado. Él intentó huir de la ciudad al principio, pero Stalin había dado la orden de no dejar salir a los civiles. Cuando la batalla se intensificó en las calles de la ciudad, organizó una huida con varios compañeros. Todos, excepto él murieron aquella mañana tras un bombardeo. Se había quedado solo y aislado en zona enemiga.

Cuando los cuerpos que le rodeaban se enfriaron, los alejó y se recostó haciéndose una bola. El frío y la fuerte tos solo le dejaron descansar unos minutos. Al despertar, observó preocupado un charco rojo bajo su boca. Llevaba tres días tosiendo sangre y casi no podía respirar. Se limpió y… (seguir leyendo)

El ciclista invisible

El ciclista invisible 5Ayer paseamos juntos por octava vez. Tomé la decisión de salir con ella cuando supe lo de mi padre. La confianza aumentaba a cada paso y la taquicardia y la sudoración iniciales habían dejado espacio a una seguridad volátil pero cierta. Mi mano, que los primeros días sujetaba insegura la suya, se apoyaba ahora con descaro en su parte trasera. Creo que ya estaba preparado, mañana sería nuestro gran día. De hecho, tenía que serlo. A mi madre y mis hermanos no les iba a gustar, pero hacía demasiado tiempo que no les agradaba nada de lo que yo hiciera como para que eso me importase.

Nos detuvimos un instante, quise volver a comprobarlo. El sonido seguía ahí: cli, cli, cli…

La primera vez que lo escuché fue el verano en el que mi padre puso los ruedines a la pequeña bici de paseo. La colocó en el suelo con las ruedas hacia arriba, apoyada sobre el manillar y el sillín. Al percatarse de que, mientras él ajustaba las tuercas, yo empezaba a aburrirme, hizo girar el pedal con una mano y acto seguido lo soltó. Me maravillé al ver que la rueda trasera seguía dando vueltas como por arte de magia, como si un ciclista invisible manejara la bicicleta saltándose todas las normas de la física. El eco de la rueda acompañó la sonrisa cómplice de mi padre. Se trataba de un sonido nuevo para mí, pero extrañamente familiar. Tal vez me recordara a la lluvia al golpear la tierra húmeda, o quizás al insistente rumor nocturno de los insectos agazapados en la espesura. Siempre resuena conmigo, como un acúfeno que acompaña al vil recuerdo.

Aquella misma tarde estrenamos la bicicleta. Fuimos al descampado de las afueras: el único espacio abierto en aquella populosa y accidentada villa. Eran los años sepia, del hierro y la heroína, y jugábamos ajenos a la preocupación por (más…)

Relatos olvidados (Vol. 1)

Una selección, por entregas, de los primeros relatos de La Caricia del Gato Negro. Historias que, debido a las pocas interacciones de los inicios, no tuvieron el eco de las posteriores y que muchas de las personas que siguen el blog no han tenido la oportunidad de leer.

 

 

Feo 5 FEO

Juan Diego Murillo era muy feo. Entre mil personas habituadas a mostrar corrección, ni una sola sería capaz de decir «no es para tanto». Su cara, abstracta y asimétrica, ni siquiera se asemejaba a un rostro humano. En la mitad derecha, unas olas de piel colgante se empeñaban en arrastrar hacia abajo cualquier signo de normalidad. Apenas podía cerrar del todo aquellos sufridos párpados que parecían cargar con toda su frustración. La parte izquierda era otra historia: los rasgos, algo más normales, contrastaban de tal manera con los del lado opuesto que el resultado de la combinación de ambos era grotesco… (Seguir leyendo)

 

 

 

Pelusas azules PELUSAS AZULES

Las noches de domingo solíamos ponernos una película tumbados en la cama. Casi siempre la veíamos en dos tiempos. Las caricias hacían que nuestra atención no tardara en desviarse de la pantalla hacia nuestros cuerpos. Después, aún entre jadeos, rebobinábamos hasta el punto en el que habíamos perdido el hilo de la historia. Todas las películas, incluso las tristes, nos hacían sonreír. Es en la primera parte, la de las caricias, en la que ella adquirió la costumbre de pasar la mano por mi ombligo y escarbar con su dedo corazón. A veces, sacaba una pequeña pelusa azul con la que jugueteaba delicadamente unos instantes, antes de dejarla en su mesilla. A pesar de que me gustaba presenciar aquel ritual cada vez que ocurría, he de reconocer que no le di importancia hasta que sentí su ausencia.

Un domingo de noviembre… (Seguir leyendo)

El nuevo dominio del gato negro (esto no es un relato, pero casi)

Tyler_Dominios¿Cómo no se me había ocurrido antes? Dos largos años buscando la forma de extender las garras de mi blog a los cuatro puntos cardinales. Meses y meses de conquistas y derrotas, como en una interminable partida de Risk. Y esta mañana, dándole vueltas a aquella frase ochentera que decía “la fama cuesta”, por fin he caído en la cuenta: para llegar a dominar la blogosfera en lo literario, el primer paso es hacerme con un dominio propio más allá de estas cuatro paredes. Uno a partir del cual expandirme y llegar, por fin, a tierras remotas como China, Mongolia, Nueva Zelanda, y, por supuesto, Groenlandia.

Esta vez sí. Después de hurgar en los pocos calcetines sin agujeros que tiene mi humano, he reunido lo suficiente para realizar la inversión. El blog anteriormente conocido como “lacariciadelgatonegro.wordpress.com” pasa a ser a partir de hoy lacariciadelgatonegro.com a secas. Fijaos en la dirección que aparece en vuestro navegador… ¡Oh! Mucho más glamour y personalidad. Se acabaron los engorrosos anuncios que afeaban mis entradas. Y lo más importante: la posibilidad de mejorar el posicionamiento en los buscadores para acercarme a nuevos horizontes y poder marcarme, a no mucho tardar, un baile con el globo terráqueo como el de Chaplin en El gran dictador.

O eso o un engañabobos más. No importa, ya está hecho.

Un nuevo paso en el imparable camino hacia las presentaciones de mis futuras novelas, charlas, galas, premios, poliamor, hedonismo, algún problema con la justicia por esconder fortunas en paraísos fiscales, conocer personalmente a mis ídolos (de los cuales en adelante yo seré ídolo),…

Para celebrarlo, en las próximas semanas, además de algún relato nuevo que está a punto de salir de la chistera, publicaré una entrada con los relatos olvidados (los primeros del Gato Negro, aquellos que la arena del tiempo ha enterrado a los ojos de la mayoría de vosotros) y otra con los relatos más exitosos cuya repercusión me abrió las fronteras de lugares como Mozambique, Sri Lanka, Curazao, San Cristóbal y Nieves o Kuwait.

Mientras tanto seguiré, tranquilamente y con el aura de la elegancia felina,  divisando desde esta atalaya mi nuevo dominio y recreándome en lo que está por venir.

¡Miau! (Continuará…)

El viejo R5

R5_1Observa a través de los cristales de la oficina que tiñen la ciudad de un verde cambiante. Hace rato que el tono musgoso del atardecer ha cedido el paso a uno más oscuro. En la enorme zona de aparcamientos apenas media docena de coches soportan los primeros impactos de una repentina granizada. Le queda mucho por hacer antes de volver a casa, pero no puede evitar detenerse unos instantes en el viejo R5. Lleno de achaques y obcecado siempre en una terca negativa a recorrer el camino hacia el desguace.

Recuerda aquella mañana de sábado. Jugaba con su hermano pequeño sin reparar en el insistente claxon que sonaba fuera de la casa. De repente notó algo familiar en la cadencia de aquel ruido de fondo. Repetía el mismo patrón una y otra vez: Pi, pipipipi, pi, pi. Era la contraseña que utilizaban para saber quién llamaba al timbre o al portero automático. Para ellos se trataba de un juego más, aunque este ocultaba otro significado: aquel no era un barrio fácil. Se asomó a la ventana y vio a sus padres saludando con la mano junto al coche nuevo, el primero y último que tuvieron, pero ella apenas reparó en el auto, tenía la mirada fija en su padre: no recordaba haberle visto sonreír nunca de un modo tan libre del matiz de la amargura. El vehículo trajo algunas comodidades y una alegría efímera que no cambió el estado de las cosas. Aquella sonrisa plena no tuvo continuidad, quedando como una instantánea fija en la memoria de lo extraordinario. Él siguió trabajando de sol a sol, casi hasta el último aliento, en esa fábrica cuya atmósfera fue deteriorando su ánimo y unos pulmones ya debilitados por la media cajetilla diaria de Ducados. Nada de cenas fuera, estadios de fútbol ni escapadas de hotel. Sin viajes en vacaciones más allá de unos días en la vieja casa familiar después de un largo periplo de ventanillas abiertas al tibio aire de agosto, jugando a las matriculas, pares o impares, y a las caras de los coches: según la distribución y  forma de los focos y la matrícula, unos parecían enfadados, otros reían y algunos lloraban.

Vuelve a centrarse en su tarea, no quiere que se le escape ni un detalle, está cansada de encadenar contratos en prácticas. El R5 aguanta la violencia creciente del granizo con el estoicismo y la dureza de siempre. Dicen que los perros se parecen a sus dueños. Nunca estuvo de acuerdo con esa afirmación. Sin embargo no le tiembla la imaginación al percibir la similitud entre la cara del viejo coche y la mirada, que hasta para reir pedía permiso, de su padre. La misma con la que, ya en el hospital, le dijo: “qué lástima, si hubiese tenido una vida más cómoda, de haber descansado en garaje, seguro que hubiese aguantado hasta que tuvieses edad para conducirlo, pero tal y como está…”.

 

Andoni Abenójar

La ecuación

Criatura 1

 

Diez, nueve, ocho,…

A pesar de su futilidad, casi un milenio después, la tradicional cuenta atrás aún se mantenía como homenaje a los primeros pasos de la humanidad en la aventura espacial. Tan solo se había introducido una variante: debido a cierto acontecimiento histórico ocurrido siglos atrás, la cuenta obviaba el número prohibido.

…seis, cinco, cuatro,…

Sin embargo, la sudoración, el pulso acelerado y otros signos de desasosiego no habían perdurado en el tiempo gracias a los implantes límbicos.

…tres, dos, uno,…

Desde la sala de control del Edificio Presidencial, un grupo de personas observaba en calma la pirámide situada a varios kilómetros.

…¡propagación!

El monumental artefacto se elevó sin estruendo ni resplandor a una velocidad constante y en pocos minutos (más…)

Devolviendo la palabra a los silenciados (disculpad la torpeza, será la edad…)

bocacremallera 6.jpgEl sábado 27 de enero, día del cuadragésimo cumpleaños de un servidor, compartí con vosotr@s el relato “Hombre de cuarenta” que cuenta la historia de Víctor y su insólita forma de enfrentarse al tránsito desde los “treinta y todos” a tan temida edad.

Pues bien, al publicar la entrada debí cometer algún error y no di opción para que, quienes quisierais, pudierais comentar u opinar sobre el relato. Siempre es un gusto recibir vuestro feedback, de modo que ya he configurado la entrada para admitir comentarios. Por si alguien se quedó con las ganas de decir algo, devuelvo la palabra a los silenciados (involuntariamente).

Espero que hayáis disfrutado (o vayáis a hacerlo) del relato.

Podéis leerlo aquí:

https://lacariciadelgatonegro.wordpress.com/2018/01/27/hombre-de-cuarenta/

Un abrazo y nos seguimos leyendo.

Andoni Abenójar